Déjame mirarte como si te conociera desde siempre, como si al sentir un ruido allá lejos, ya supiera que son tus pasos.
Déjame escribirte esto y otras historias, aunque no todas me gustan, aunque se parezcan tanto.
Déjame ahogarme en un estero camino a tu presencia difuminada, como si fuera un sueño o un trance, como si yo viajara de distinta forma.
Las venas hacen dibujos en nuestras manos, para recordarnos que estamos vivos y que estamos ahí, en un instante concreto, tangible, presente.
Las luces siempre fueron una cámara de tiempo, las sustancias que nos alteran la conciencia siempre fueron el tiempo, como una onda suelta y flexible que acomodamos a nuestro antojo.
Porque quizá sea tu mirada un mundo entero, uno de tantos y el favorito de mis giros.
Porque quizá sea la última vez que te vea, porque me pierdo cuando apareces en mi cabeza, porque no intento hacer nada más que encontrarte siempre.
diciembre 17, 2010
diciembre 10, 2010
Infrasonía 63
Ese día que la gente estaba en lugares equivocados y nadie estaba donde realmente quería estar.
Ese día en que el sol salió por otro lugar sin decirle a nadie porque, confundiendo los esquemas y cambiando los colores del cielo.
Ese día en que todos gritamos tanto que nos quedamos sin voces, que nuestras gargantas se desgarraron como telares que caían del cielo... ese día y no otro.
Ese día en que extrañé tanto y tan anticipadamente...
Ese día que estaba desolada y que las sombras de todas las nubes se posaron en mis ojeras grises, ese mismo día, en que mi pelo se hizo uno con un torbellino de tierra...
Ese día en que mis ojos afilados no alcanzaron a ver la tarde, ese día estaba yo frente al mundo, en una cuidad que jamás habían tocado mis zapatos...
Ese día miré a lo alto, me enceguecí por el atardecer inverso que desconocía mi memoria y lo vi a él, lanzarse sin pensarlo dos veces desde la torre Tokio.
Ese día en que el sol salió por otro lugar sin decirle a nadie porque, confundiendo los esquemas y cambiando los colores del cielo.
Ese día en que todos gritamos tanto que nos quedamos sin voces, que nuestras gargantas se desgarraron como telares que caían del cielo... ese día y no otro.
Ese día en que extrañé tanto y tan anticipadamente...
Ese día que estaba desolada y que las sombras de todas las nubes se posaron en mis ojeras grises, ese mismo día, en que mi pelo se hizo uno con un torbellino de tierra...
Ese día en que mis ojos afilados no alcanzaron a ver la tarde, ese día estaba yo frente al mundo, en una cuidad que jamás habían tocado mis zapatos...
Ese día miré a lo alto, me enceguecí por el atardecer inverso que desconocía mi memoria y lo vi a él, lanzarse sin pensarlo dos veces desde la torre Tokio.
Infrasonía 62
Epicentro, oleaje.
Palabras de fondo que se tiñen de espuma.
Colores vivientes, danzando en mis perceptivos y lastimados ojos.
Sonidos en el aire que traspasan las barreras de tiempo.
Concluyo que he muerto, porque no se puede estar tan bien en vida.
Concluyo, que duermo, que no se puede ser tan feliz despierta.
La vida, un lapsus. Una palabra fea.
La vida, un pestañeo, una sala de estar antes del portal de lo absoluto.
Bajo el sol, cuarenta uñas, sosteniendo con fuerza la arena que nos sepulta.
Temporal y resistencia.
Cavilaciones e ideas de otro lado.
De fondo, pájaros que conversan, sobre como estuvo la pesca, sobre como estuvo el día.
Lo siento, no soy poeta.
Lo siento, mis palabras simples se repiten siempre.
Escribo sin ganas, pero sólo cuando quiero hacerlo.
¿Propósitos? No tengo.
Me espantan las tardes color rosa, me aterriza tu puño apretado.
Me pierdo, lo tengo claro.
En mis rumiaciones me acuesto, me duermo pensando en cualquier cosa.
Conservo, las partículas que se quedaron incrustadas entre mis cosas.
Palabras de fondo que se tiñen de espuma.
Colores vivientes, danzando en mis perceptivos y lastimados ojos.
Sonidos en el aire que traspasan las barreras de tiempo.
Concluyo que he muerto, porque no se puede estar tan bien en vida.
Concluyo, que duermo, que no se puede ser tan feliz despierta.
La vida, un lapsus. Una palabra fea.
La vida, un pestañeo, una sala de estar antes del portal de lo absoluto.
Bajo el sol, cuarenta uñas, sosteniendo con fuerza la arena que nos sepulta.
Temporal y resistencia.
Cavilaciones e ideas de otro lado.
De fondo, pájaros que conversan, sobre como estuvo la pesca, sobre como estuvo el día.
Lo siento, no soy poeta.
Lo siento, mis palabras simples se repiten siempre.
Escribo sin ganas, pero sólo cuando quiero hacerlo.
¿Propósitos? No tengo.
Me espantan las tardes color rosa, me aterriza tu puño apretado.
Me pierdo, lo tengo claro.
En mis rumiaciones me acuesto, me duermo pensando en cualquier cosa.
Conservo, las partículas que se quedaron incrustadas entre mis cosas.
diciembre 06, 2010
Infrasonía 61
Mi frágil estado de salud me digitaliza en estos momentos, me inmortaliza en binario para cuando, sin darme cuenta, me muera sin que nadie me odie.
En esta materialización de ideas que tosen sangre en mi cabeza, no logran que mi cuerpo se enferma, porque se afiebró mi mente inquieta un segundo antes, precoz impulso irresponsable. No me tocan las malas noches, las reemplazo por el abandono en las letras, por el sonido de las teclas sin punto aparte.
En este fragmento espacial tengo armas de fuego, cuchillos y camino con un metálico sonido industrial a mis espaldas. Tengo la piel más fría que de costumbre y fumo más cigarros que de costumbre... soy más nostálgica que de costumbre y al mismo tiempo más frívola que de costumbre.
En este estado mayor, que suprime a mi yo encarcelado, no noto la ausencia de control, no soy humana, soy verdugo.
Mis músculos no se mueven ante la huída de nadie, porque de nadie depende mi euforia egoísta.
No me alcanzan las palabras.
¿Qué tan profundo puedo entrar en la madriguera del conejo?
En esta materialización de ideas que tosen sangre en mi cabeza, no logran que mi cuerpo se enferma, porque se afiebró mi mente inquieta un segundo antes, precoz impulso irresponsable. No me tocan las malas noches, las reemplazo por el abandono en las letras, por el sonido de las teclas sin punto aparte.
En este fragmento espacial tengo armas de fuego, cuchillos y camino con un metálico sonido industrial a mis espaldas. Tengo la piel más fría que de costumbre y fumo más cigarros que de costumbre... soy más nostálgica que de costumbre y al mismo tiempo más frívola que de costumbre.
En este estado mayor, que suprime a mi yo encarcelado, no noto la ausencia de control, no soy humana, soy verdugo.
Mis músculos no se mueven ante la huída de nadie, porque de nadie depende mi euforia egoísta.
No me alcanzan las palabras.
¿Qué tan profundo puedo entrar en la madriguera del conejo?
diciembre 03, 2010
Infrasonía 60
Hace tanto tiempo que no veía morir la tarde.
Hace tiempo que no me abandonaba a los placeres inocentes de una tarde sin prisas, que sé yo, leer un libro tirada en la cama, dejándome envolver por la romántica historia, dejando que las páginas me acaricien la cabeza y me escalofríen la espalda, cerrando los ojos para imaginar mejor. Descalza y despeinada, con la cabeza hundida en la almohada. Tomar un té de naranja mientras el sol se filtra por el visillo de mi ventana, dejar que mis párpados carguen su propio peso y me nublen y me nublen y me nublen.
Mirar por la ventana y pensar en otra cosa, dejar atrás la tristeza (pero no tanto) embriagarme con la muerte de esta tarde solitaria, desaparecer de mi cerebro y de mi mapa, encontrarme sola con la mitad de una sonrisa estampada en mi cara.
Dejar fluir música y verla flotar por mi habitación, como una nube aromática, como un vapor que me eleva, me mantiene abrigada y adormecida.
Me abandono a esta tarde, entre luces brillantes y hermosas sombras. Entre suerte y literatura. Entre brebajes y canciones.
Entre ese espacio que existe entre el sol y el horizonte.
Hace tiempo que no me abandonaba a los placeres inocentes de una tarde sin prisas, que sé yo, leer un libro tirada en la cama, dejándome envolver por la romántica historia, dejando que las páginas me acaricien la cabeza y me escalofríen la espalda, cerrando los ojos para imaginar mejor. Descalza y despeinada, con la cabeza hundida en la almohada. Tomar un té de naranja mientras el sol se filtra por el visillo de mi ventana, dejar que mis párpados carguen su propio peso y me nublen y me nublen y me nublen.
Mirar por la ventana y pensar en otra cosa, dejar atrás la tristeza (pero no tanto) embriagarme con la muerte de esta tarde solitaria, desaparecer de mi cerebro y de mi mapa, encontrarme sola con la mitad de una sonrisa estampada en mi cara.
Dejar fluir música y verla flotar por mi habitación, como una nube aromática, como un vapor que me eleva, me mantiene abrigada y adormecida.
Me abandono a esta tarde, entre luces brillantes y hermosas sombras. Entre suerte y literatura. Entre brebajes y canciones.
Entre ese espacio que existe entre el sol y el horizonte.
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