Él no tiene nombre, ni huellas, no necesita las horas para perfeccionar su magia.
Se acuesta sobre mis recuerdos, se duerme en el último aliento de los lobos que se esconden entre las calles.
Él pasea con los ojos cerrados por la oscuridad de la cuidad, cambia el clima con un pestañeo, redirecciona las balas con su mirada.
Se ríe del peligro, se envuelve con mi muerte, se pierde entre los saltos que dan los gatos pasada la medianoche.
Él abre sus manos para detener el tiempo, para incendiar iglesias, para ahogar las olas que no se rompen entre las rocas, las olas que no son olas, las olas que se resbalan, que se evaporan, que no fueron.
Se embriaga de estrellas viajeras que atraviesan el cielo que pinta con su pelo.
Está drogada esta noche con su voz.
Está intoxicada esta noche con su voz.
Él cambia las estaciones del año con sus dedos perdidos.
Tambaleo.
Vértigo sienten mis huesos cuando se acerca el terrible verano que se esconde en su piel.
Vértigo siente cada una de mis células cuando la partitura de sus latidos explota en mi pecho.
Él, circunstancia azarosa, cuento sin páginas; que sin esfuerzo imprime leves sonrisas en las nubes que decoran mi realidad perturbada.
noviembre 20, 2010
noviembre 15, 2010
Infrasonía 56
Los refugios a veces son malditos, pero protegen mi cabeza de sacudidas simultaneas, sin mucho orden ni razón.
Los refugios son como grandes charcos de agua azul, pero violentamente agitada, sacudida sin miramientos por los pasos rabiosos que intentan, iracundos, hacernos pertenecer a la tierra.
Los refugios son fríos como las noches en las que movidos por el potencial habitante extraño e interno, nos lleva a azotar los ojos contra la luna, odiándola de verdad, cuando la tragamos de golpe y la destrozamos en el pecho, para dejarnos clavadas las estacas de su claro de luna, sus vidrios fríos de piedra...
Los refugios necesarios que nos provee con mediocridad nuestro espíritu pasado son grises, rabiosos, dramáticos, suicidas, sangrantes, nostálgicos y lacerantes.
Grises, melancolía.
Rabiosos, melancolía.
dramáticos, melancolía.
Suicidas, melancolía.
Sangrantes, melancolía.
Nostálgicos, melancolía.
Lacerantes, profundamente lacerantes.
Destroza, refugio: mi consciencia adormecida.
Destroza, refugio: la tibieza de mi piel
Destroza, refugio: la paz de mis latidos.
Destroza, refugio: pupilas, pestañas, dedos, contornos, sonrisas, cogniciones arpías.
Los refugios son como grandes charcos de agua azul, pero violentamente agitada, sacudida sin miramientos por los pasos rabiosos que intentan, iracundos, hacernos pertenecer a la tierra.
Los refugios son fríos como las noches en las que movidos por el potencial habitante extraño e interno, nos lleva a azotar los ojos contra la luna, odiándola de verdad, cuando la tragamos de golpe y la destrozamos en el pecho, para dejarnos clavadas las estacas de su claro de luna, sus vidrios fríos de piedra...
Los refugios necesarios que nos provee con mediocridad nuestro espíritu pasado son grises, rabiosos, dramáticos, suicidas, sangrantes, nostálgicos y lacerantes.
Grises, melancolía.
Rabiosos, melancolía.
dramáticos, melancolía.
Suicidas, melancolía.
Sangrantes, melancolía.
Nostálgicos, melancolía.
Lacerantes, profundamente lacerantes.
Destroza, refugio: mi consciencia adormecida.
Destroza, refugio: la tibieza de mi piel
Destroza, refugio: la paz de mis latidos.
Destroza, refugio: pupilas, pestañas, dedos, contornos, sonrisas, cogniciones arpías.
noviembre 06, 2010
Infrasonía 55
Un cigarro se consume en mi mano, las cenizas vuelan por mi caótica habitación de pánico y mientras los segundos se evaporan a mi alrededor puedo verme mascando vidrios, astillándome los dientes, rompiéndome los labios.
Tiembla el pulso, se secan los ojos. Descubro en mi interior un espacio inmenso y deshabitado, como una catedral antigua que nadie quiere visitar. Me duelen los dedos heridos, se encogen mis pulmones maltratados y los segundos siguen difuminándose en el aire, recordándome que pasan rápido, que no vuelven. Que nacen y mueren casi al mismo tiempo, que como corta es su vida sólo sirven para dañar, son como estocadas rítmicas que ahogo en vasos de ron.
Quisiera reírme de ellos y de sus insignificantes vidas, pero se llevan consigo la mía, como una mochila llena de papeles arrugados, aceitosos, malescritos.
La risa se vuelve acuosa, muy espesa e intragable. La risa se vuelve ágil y escurridiza mientras el tamborilleo de mis latidos que no cesan resuenan con colosal eco dentro de mi catedral llena de polvo.
Tiembla el pulso, se secan los ojos. Descubro en mi interior un espacio inmenso y deshabitado, como una catedral antigua que nadie quiere visitar. Me duelen los dedos heridos, se encogen mis pulmones maltratados y los segundos siguen difuminándose en el aire, recordándome que pasan rápido, que no vuelven. Que nacen y mueren casi al mismo tiempo, que como corta es su vida sólo sirven para dañar, son como estocadas rítmicas que ahogo en vasos de ron.
Quisiera reírme de ellos y de sus insignificantes vidas, pero se llevan consigo la mía, como una mochila llena de papeles arrugados, aceitosos, malescritos.
La risa se vuelve acuosa, muy espesa e intragable. La risa se vuelve ágil y escurridiza mientras el tamborilleo de mis latidos que no cesan resuenan con colosal eco dentro de mi catedral llena de polvo.
noviembre 04, 2010
Infrasonía 54
Las estrellas estaban dilatadas, goteando de un cielo rojizo, acuosas (deja vú).
El viento recalcitrante envejecido rompía a girones las pieles descubiertas.
Era como el fin del mundo, era como un libro que leí. Era como un sueño malo, de esos que pasan casi siempre, de esos que ya no me sorprenden.
No habían vivos, no habían muertos. Habíamos sólo desolados caminantes nocturnos, solitarios y fumadores, derrochadores de los últimos momentos, pusilánimes sombras de ojos tristones.
Nadie se miraba a la cara, los perros parecían nisiquiera sentirnos, eramos extraños en estas tierras, eramos fantasmas de fantasmas, como almas muertas que no tienen almas, como corazones muertos que no laten, ausencia.
La cuidad estaba dormida y todos quienes odiamos vivir así estábamos despiertos, en posición fetal, revolcándonos en nuestras miserias sin gloria, en nuestras perdidas sin esfuerzo ni ganancia. Aullando a la luna desaparecida, invocando a las divinidades en las que no creemos.
Me senté en el borde de una escalera, sólo para cerrar los ojos y encontrarme un momento, recobrar las fuerzas para continuar el camino. Dejé que una brisa helada que partiera la cara, le sonreí en silencio al miedo, acaricié las cabezas suaves de mis demonios, me tragué la sangre que caía de mi boca agónica, se me nubló la vista y continué tambaleante, borracha de mí misma, asqueada de la vida entera.
El viento recalcitrante envejecido rompía a girones las pieles descubiertas.
Era como el fin del mundo, era como un libro que leí. Era como un sueño malo, de esos que pasan casi siempre, de esos que ya no me sorprenden.
No habían vivos, no habían muertos. Habíamos sólo desolados caminantes nocturnos, solitarios y fumadores, derrochadores de los últimos momentos, pusilánimes sombras de ojos tristones.
Nadie se miraba a la cara, los perros parecían nisiquiera sentirnos, eramos extraños en estas tierras, eramos fantasmas de fantasmas, como almas muertas que no tienen almas, como corazones muertos que no laten, ausencia.
La cuidad estaba dormida y todos quienes odiamos vivir así estábamos despiertos, en posición fetal, revolcándonos en nuestras miserias sin gloria, en nuestras perdidas sin esfuerzo ni ganancia. Aullando a la luna desaparecida, invocando a las divinidades en las que no creemos.
Me senté en el borde de una escalera, sólo para cerrar los ojos y encontrarme un momento, recobrar las fuerzas para continuar el camino. Dejé que una brisa helada que partiera la cara, le sonreí en silencio al miedo, acaricié las cabezas suaves de mis demonios, me tragué la sangre que caía de mi boca agónica, se me nubló la vista y continué tambaleante, borracha de mí misma, asqueada de la vida entera.
noviembre 02, 2010
Infrasonía 53
La gravedad y sus agravantes no me alcanzan, no me muerden los tobillos los colmillos del subsuelo. Pero esto es por hoy y sólo por hoy, como una oferta nocturna del cansancio esquivo.
Egoismo. Autosatisfacción.
El miedo y sus temblores no me alcanzan, parecen no verme las ventoleras fantasmas, pero esto es esta vez y la única vez, como la mordida de una araña.
Me escapo, me escondo, no me atrapan las lágrimas de las nubes, goterones absurdos, ilusos melodramas.
Sonrío de mentira, asustando a la cuidad.
Sin éxito golpeo mi pecho.
Individualismo edónico.
Egoismo. Autosatisfacción.
El miedo y sus temblores no me alcanzan, parecen no verme las ventoleras fantasmas, pero esto es esta vez y la única vez, como la mordida de una araña.
Me escapo, me escondo, no me atrapan las lágrimas de las nubes, goterones absurdos, ilusos melodramas.
Sonrío de mentira, asustando a la cuidad.
Sin éxito golpeo mi pecho.
Individualismo edónico.
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